El próximo 5 de octubre se celebra el Día de la Educación Financiera, iniciativa impulsada por el Plan de Educación Financiera, que pretende destacar la importancia de este tipo de formación para contribuir a una mejor gestión de las finanzas personales en las distintas etapas de la vida. Este año se celebra bajo el lema «Ahorra. Invierte. Avanza», tres pilares clave para mejorar el bienestar financiero de las familias. La propuesta invita a pensar en el futuro, aunque su utilidad se aprecia en situaciones cotidianas: una avería doméstica que obliga a rehacer las cuentas del mes o la decisión de financiar una compra.
En esas circunstancias, conocer las opciones disponibles ayuda. Pero también importa saber qué preguntas hacer antes de elegir: ¿De cuánto puedo disponer sin dejar de atender mis gastos? ¿Qué ocurriría si mis ingresos disminuyeran?
La educación financiera sirve para abordar estas cuestiones y decisiones con criterio al favorecer la capacidad de comprensión y análisis, y reduce posibilidades de endeudamiento y de abusos o engaños ante posibles crisis y fraudes. El lema referido puede leerse como una invitación a progresar, no como una secuencia que todo el mundo deba seguir al mismo ritmo.
El ahorro empieza por las cuentas de casa
Antes de fijarse una meta de ahorro, conviene mirar las cuentas con perspectiva y prever los gastos. El saldo de hoy no refleja toda la historia (quedan recibos por pagar y hay gastos que llegan una vez al año).
Un presupuesto sencillo ayuda a ordenar esa información. Puede revelar una suscripción o servicio que ya no se utiliza, pero también confirmar que apenas existe margen para recortar, y no siempre es por falta de disciplina, como ocurre en muchos hogares.
La Encuesta de Condiciones de Vida de 2025, del Instituto Nacional de Estadística (INE), aporta un dato significativo: el 36,4 % de la población en España no tenía capacidad para afrontar gastos imprevistos. Una reparación puede convertirse, por tanto, en un problema económico para muchas personas.
Cuando sí hay margen, apartar una cantidad asumible al recibir los ingresos puede facilitar la constancia en el ahorro. El objetivo inicial puede ser disponer de una reserva para afrontar una reparación o una reducción temporal de ingresos sin recurrir de inmediato al crédito. Ese colchón debe estar disponible y accesible cuando se necesite.
Otras metas, como una formación, la entrada de una vivienda o complementar los ingresos durante la jubilación, requieren sus propios plazos. Definirlos ayuda a saber cuánto habría que reservar, y si el objetivo resulta viable.
Invertir exige saber para qué
Quien ya dispone de cierto ahorro puede preguntarse cómo aprovecharlo a largo plazo. La inflación forma parte de esa reflexión: cuando los precios suben más que el rendimiento del ahorro, el dinero pierde poder adquisitivo, aunque el saldo no haya disminuido.
La inversión puede contribuir a alcanzar objetivos futuros, pero implica asumir riesgos y no garantiza ganancias. Antes de elegir un producto, hace falta conocer los compromisos pendientes, el tiempo disponible y las pérdidas que se podrían soportar sin comprometer las necesidades básicas.
El dinero reservado para un gasto próximo necesita un tratamiento diferente al destinado a un objetivo lejano. Una inversión cuyo valor fluctúa puede obligar a vender con pérdidas si surge la necesidad de recuperar el dinero. Y disponer de más años tampoco elimina el riesgo.
También conviene revisar los costes, conocer las condiciones de recuperación del dinero y entender la diversificación: repartir la inversión para reducir la dependencia de un único activo, sin confundirlo con una garantía frente a las pérdidas.
No son conocimientos que debamos dar por supuestos. En la Encuesta de Competencias Financieras 2021 del Banco de España, el 52 % de la población de entre 18 y 79 años respondió correctamente a la pregunta sobre diversificación del riesgo. El porcentaje bajaba al 41 % en la pregunta sobre interés compuesto, es decir, la generación de intereses sobre el capital inicial y los intereses acumulados.
Cuando quedan dudas sobre un producto, lo razonable es consultar o solicitar asesoramiento profesional, siendo aspectos de una gestión responsable.
Un plan que pueda cambiar
Planificar a largo plazo no consiste en decidir hoy qué se hará con cada euro durante los próximos años. Se trata de establecer prioridades y revisarlas cuando cambien las circunstancias.
Una nueva responsabilidad familiar o la proximidad de la jubilación pueden aconsejar ajustes, como reducir temporalmente el ahorro, o revisar las deudas.
Esa perspectiva también ayuda a valorar el financiar una compra: comprobar si la cuota encaja en el presupuesto, entender cuánto se acabará pagando y durante cuánto tiempo.
La facilidad para operar no sustituye al criterio. Ante la duda, contrastar información
Saber utilizar una aplicación financiera y comprender los riesgos de una operación son capacidades diferentes.
Lo mismo sucede con la información. Una recomendación en redes sociales puede omitir aspectos importantes. Las herramientas de inteligencia artificial pueden ayudar a explicar conceptos, pero también ofrecer respuestas inexactas. Conviene contrastarlas antes de utilizarlas para decidir sobre el uso del dinero.
Ante un mensaje que exige actuar con urgencia o una llamada que solicita datos sensibles, detenerse y comprobar su autenticidad por un canal oficial puede evitar un perjuicio. La ciberseguridad forma parte de la educación financiera porque proteger los ahorros importa tanto como aprender a gestionarlos.
Aprender en cada etapa de la vida
Conviene empezar a acercarse a esta formación antes de que lleguen las grandes decisiones. Según los resultados de competencia financiera de PISA 2022, publicados por la OCDE en 2024, el 17 % de los estudiantes de 15 años en España no alcanzaba el nivel básico en esta materia. Elaborar un presupuesto o comparar alternativas de compra son ejercicios con aplicación fuera del aula.
Las necesidades cambian a lo largo de la vida. La edad orienta algunos contenidos, pero nunca sustituye a conocer las circunstancias de cada persona.
En esta línea trabaja Edufinet, proyecto de educación financiera promovido por la Fundación Unicaja y Unicaja, consolidado como una referencia fundamental en la materia. Sus jornadas para jóvenes y niños, los talleres dirigidos a personas mayores y la formación sobre ciberseguridad y la prevención de fraude y nuevos riesgos asociados a la inteligencia artificial, entre otras actividades, acercan las finanzas a situaciones reconocibles. Esta labor da continuidad al compromiso con la educación financiera más allá de una fecha en el calendario, contribuyendo a una mayor inclusión financiera y digital de los ciudadanos, que redunda en su propio bienestar financiero.
«Ahorra. Invierte. Avanza» admite, por tanto, distintas formas de progreso. Para alguien, avanzar será empezar a preparar su jubilación; para otra persona, afrontar un imprevisto sin endeudarse. Ambas decisiones tienen valor cuando responden a lo que cada cual necesita y puede asumir.
La educación financiera no resuelve por sí sola las dificultades económicas, ni elimina la incertidumbre. Su aportación es más concreta: ayudar a entender las opciones, reconocer los límites y tomar decisiones propias informadas, lo que cobra mayor importancia en un entorno cambiante y complejo, con mayores posibilidades de elección de consumo, mayor acceso a la información y a los servicios digitales, o proliferación de información no fiable en canales digitales. Ese conocimiento merece, por tanto, acompañarnos a lo largo de las distintas edades y circunstancias personales.