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El atípico caso de Peggy B.: la importancia de no llamarse Musgrave

José M. Domínguez Martínez

Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga

Sobre mi

Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga. Actualmente tiene funciones de alta dirección en el sector financiero. También es Presidente de Analistas Económicos de Andalucía, Vicepresidente de la Fundación Ciedes, Director del proyecto de educación financiera “Edufinet” y Director de “eXtoikos, revista digital para la difusión del conocimiento económico”.

La aportación académica y científica que Peggy B. Musgrave hizo al tratamiento fiscal público la han convertido en una economista de primera línea y talla internacional

04 Feb 2021

8 Min de lectura

El apellido Musgrave brilla con luz propia en el hemisferio de la Economía del Sector Público. No en vano corresponde al creador del enfoque moderno de la Teoría de la Hacienda Pública, Richard A. Musgrave. Aunque es inevitable que cualquier estudioso de dicha especialidad que se coloque al lado del gran hacedor de la arquitectura hacendística quede en cierto modo relativizado, la sombra de su imponente figura no sólo no ocultó el quehacer de otros académicos sino que potenció otras trayectorias de investigación. Singularmente, la de Peggy Brewer, luego Richman y, más adelante, Musgrave, merece su justo reconocimiento.

 

Para quienes debemos una buena parte de nuestra formación hacendística inicial al extraordinario manual “Public Finance in theory and practice” (1973), el nombre de Peggy B. Musgrave es como el de alguien que formara parte de nuestra familia. El número de horas que pasé ante ese magnífico texto, en su versión original, en el curso académico 1981-82, cuando me incorporé como profesor ayudante a la Facultad de Económicas de Málaga, casi lo avalaría, después de haber realizado una traducción casi completa de sus extensos y equilibrados contenidos. Peggy, nacida Brewer, había adoptado el apellido de su segundo esposo, Richard A. Musgrave, pero aquel libro no sería el Musgrave sino el Musgrave-Musgrave. Han pasado muchos años, pero sigue siendo una brújula excelente para orientarnos en un paisaje a veces laberíntico, y siempre plagado de alicientes y retos como el de la economía pública.

 

Aunque, sin que se pueda efectuar un proceso de verificación, resulta difícil asignar autorías respecto a una obra conjunta, el simple hecho de participar en una de tal envergadura confiere a cualquiera de los firmantes un sello académico de la máxima categoría. No le hacía falta, desde luego, al autor -injustamente no galardonado con el Premio Nobel de Economía- de la seminal “Theory of Public Finance” (1959), pero sí fue un escaparate perfecto para irradiar la imagen de Peggy como economista de primera fila y de talla internacional. Pese a ello, no abundan los documentos que describan su trayectoria personal y profesional. La semblanza publicada por la Universidad de California en Santa Cruz (UCSC), con motivo de su fallecimiento, es una excepción muy apreciable.

 

Algunas notas biográficas sobre Peggy B. Musgrave

 

Peggy Brewer nació en Maldon (Inglaterra) en el año 1924, en el seno de una familia con recursos modestos. Esto no fue óbice para que los escritos de su padre, Herber Brewer, intelectual autodidacta, atrajeran la atención de personajes como George Bernard Shaw. No hizo falta, sin embargo, que interviniera ningún agente externo para revivir el mito de Pigmalión, ya que, en ese entorno, Peggy, desde muy temprana edad, mostró una inquietud y una curiosidad intelectuales muy acusadas que no abandonaría a lo largo de toda su vida. A los 18 años consiguió acceder a la Universidad de Cambridge, hito que se lograba por vez primera en su escuela.

 

Desgraciadamente, los acontecimientos bélicos, como en el caso de tantas otras personas de su generación, se interpusieron en su camino, alterando su curso vital y, a la postre, condicionando su destino familiar y profesional. La irrupción de la conscripción quebró su proceso de graduación en Cambridge para colocarla, en el año 1944, en la Oficina de Servicios Estratégicos estadounidense en Londres, donde permaneció hasta el final de la contienda mundial. Allí conoció a un oficial norteamericano, con el que contraería matrimonio, y con quien, más tarde, se trasladaría a Estados Unidos. En este país concluyó sus estudios de Economía, y obtuvo el doctorado por la Johns Hopkins University.

 

Posteriormente, antes de integrarse como investigadora en la Universidad de Columbia, trabajó en la Reserva Federal y en la División de Fiscalidad Internacional del Tesoro. Ya a mediados de los años sesenta, pasó a enseñar Economía internacional en la Universidad de Pennsylvania. Fue por aquel entonces cuando conoció a Richard A. Musgrave, de quien tomaría su apellido. Peggy encontró el camino de otro Cambridge, el de Massachusetts, después de que Richard hubiese sido reclutado por la Universidad de Harvard, a la que ella misma se incorporó para participar en el International Tax Program de la Harvard Law School.

 

Peggy continuó su carrera académica en la costa este hasta que, junto con el autor de “Public finance in history” (1985), con quien colaboraba de forma intensa, fue invitada a la Universidad de Berkeley y, seguidamente, a formar parte de la UCSC, en la que prestó servicios docentes y de administración hasta el año 1992. Peggy B. Musgrave falleció, a la edad de 93 años, en 2017, diez años después de que, con 96, lo hiciera Richard.

 

De la relevancia de la figura de Peggy da idea el hecho de que, en el año 2003, el International Institute of Public Finance (IIPF) instituyera el “Peggy and Richard Musgrave Prize”, orientado a reconocer a los jóvenes académicos que cubran los “altos estándares de calidad científica, creatividad y relevancia”, los cuales fueron “una marca de la contribución de los Musgrave a la Hacienda Pública”. La anterior declaración, totalmente pertinente, evita tener que buscar justificaciones adicionales para colocar a Peggy Brewer, luego Richman y, más tarde, Musgrave, en el lugar que le corresponde en la orla de los hacendistas más distinguidos.

 

Amplio conocimiento fiscal que dejó plasmado en sus publicaciones

 

Peggy había iniciado su catálogo de publicaciones científicas con brío, en el año 1963, con la edición de su tesis doctoral, “Taxation on foreign investment income: an economic analysis”. A esta publicación siguieron otras muchas que se ocuparon de temas como la interacción económica entre Estados Unidos y México, las multinacionales y la inversión exterior, la coordinación de los impuestos sobre la renta del capital en los países en vías de desarrollo, la deuda pública y el análisis coste-beneficio, o la competencia fiscal, a lo largo de medio siglo de intensa actividad investigadora.

 

Su amplio conocimiento del tratamiento fiscal de las inversiones extranjeras, uno de sus principales focos de interés, le llevó a tener diversas comparecencias y a elaborar informes para las cámaras legislativas estadounidenses. En sus escritos encontramos fuentes de inspiración para abordar problemas fiscales actuales, como la adopción de medidas para frenar la evasión fiscal internacional, la defensa de un sector público multijurisdiccional en el que exista una diversidad de niveles de servicios públicos financiados con tipos impositivos diferenciados, la contraposición entre un impuesto sobre la renta y un impuesto directo sobre el consumo, la adaptación de los sistemas impositivos a la integración económica internacional, o la revisión del tratamiento de la inversión extranjera en las cuentas económicas nacionales.

 

Entre otros desarrollos, se encargó de ampliar el modelo presupuestario de las tres ramas musgravianas (asignación, distribución y estabilización) con la incorporación del sector exterior, y de fundamentar la noción de “bienes preferentes”, introducida asimismo por el profesor Musgrave. En uno de los artículos con tales contribuciones pone de relieve una cuestión de gran trascendencia, y que frecuentemente pasa desapercibida, como es la distinción entre los “bienes públicos” y los “bienes sociales”, que, según ella apunta, llegó a inducir a confusión incluso al propio Richard. Baste esta observación, escrita en 2008, como una muestra de su espíritu crítico y de su capacidad de discernimiento y argumentación, que aplicó sistemáticamente en debates, siempre de gran altura intelectual. En fin, su clarividencia fue otra de sus señas de identidad, de modo que sus reflexiones sobre la elaboración de un manual de Hacienda Pública siguen siendo una referencia imprescindible; sus aportaciones doctrinales, una guía útil para abordar los problemas económicos que afectan a la sociedad. La tarea es compleja y ardua, pero, como ella afirmaba, “no hay nada más importante que hacer lo que podamos para allanar el camino hacia la buena sociedad”.

 

En el año 1933, Richard A. Musgrave viajó a Estados Unidos con una beca del Servicio Alemán de Intercambio y, ante la deriva aberrante del régimen vigente en su país natal, decidió no regresar a él. En el año 1937 se doctoró en la Universidad de Harvard. En 2007, después de una fructífera, creativa e incesante vida académica, que se prolongó durante 70 años, sus restos retornaron, irremisiblemente, ya para siempre, a un enclave cercano a ese templo del conocimiento, donde aguardaron la llegada de Peggy, en un símbolo de unión eterna, a la que también ésta quiso incorporar a su padre, a la sazón, una suerte de inopinado profesor Higgins, surgido dentro de la propia familia.

 

A la vista del contenido de algunos artículos individuales que llevan la firma Musgrave, ni siquiera un consumado Zoltan Karpathy sería capaz de dilucidar fácilmente a cuál de los dos, Richard o Peggy, corresponde la autoría. Sin duda, sería un mérito imputable a ella que la confundieran con él, pero también lo sería para éste si ocurriese lo contrario.

 

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